Por Roberto Fulcar
A la memoria de Esmeralda Moronta de los
Santos: Madre, emprendedora y repostera,
asesinada en Alma Rosa I, Santo Domingo Este, República Dominicana, el 13 de
mayo de 2026. Que su historia nos quite el sueño y nos impida seguir mirando
hacia los lados, especialmente a los hombres, los verdaderos.
Hay violencias que dejan marcas visibles y
otras que destruyen lentamente por dentro. La violencia contra la mujer
pertenece a ambos tipos. Tiene el rostro del golpe, pero también el del miedo
constante, la humillación cotidiana, el silencio impuesto y la vida vivida bajo
amenaza. Aunque el mundo ha avanzado en derechos, leyes y discursos de
igualdad, millones de mujeres siguen despertando cada día con temor dentro de
sus propios hogares, en sus lugares de trabajo o incluso en las calles por las
que deberían caminar con libertad.
Hablar de violencia contra la mujer no es
más que hablar solo de estadísticas. Es hablar de madres que viven aterradas
frente a sus hijos, de niñas que crecen creyendo que el maltrato es normal, de
jóvenes que son perseguidas, acosadas o asesinadas por el simple hecho de ser
mujeres. Es una tragedia humana que atraviesa culturas, clases sociales y
fronteras.
La Organización Mundial de la Salud define
la violencia contra la mujer como cualquier acto que provoque daño físico,
sexual o psicológico por razones de género. Detrás de esa definición técnica
existe una realidad profundamente dolorosa. Esa violencia se expresa en golpes
y agresiones; la sexual, en abusos y violaciones; la psicológica, en amenazas,
manipulación, control y humillaciones que destruyen la autoestima. También
existe la violencia económica, cuando una mujer depende totalmente de quien la
maltrata porque le impiden trabajar o manejar sus recursos. Y en estos tiempos
modernos ha surgido otra forma cruel de agresión: la violencia digital, que
persigue, expone y acosa a través de las redes sociales.
Las cifras estremecen. La OMS informó
recientemente que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia
física o sexual a lo largo de su vida. Pensar en esa cifra es imaginar millones
de historias atravesadas por el miedo, la impotencia y el sufrimiento. Son
mujeres que muchas veces callan porque sienten vergüenza, porque no tienen a
dónde ir o porque temen que les crean.
Más desgarrador resulta el drama de los
feminicidios. ONU Mujeres y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y
el Delito revelaron que cerca de 85,000 mujeres y niñas fueron asesinadas en
2023, y que la mayoría murió a manos de parejas o familiares. Es decir, el
lugar llamado a ofrecer protección termina convirtiéndose, para muchas, en el
escenario de la muerte. El informe advierte algo estremecedor: una mujer es
asesinada cada diez minutos por alguien cercano.
América Latina y el Caribe siguen siendo
regiones particularmente golpeadas por esta realidad. La CEPAL advirtió en 2024
que al menos 11 mujeres son asesinadas diariamente por razones de género en la
región. Detrás de cada dato hay nombres, sueños interrumpidos y familias
destruidas para siempre.
República Dominicana tampoco ha podido
escapar de esta herida social. Aunque existen avances legales e
institucionales, los feminicidios y la violencia intrafamiliar siguen dejando
dolor, indignación y miedo. Con demasiada frecuencia aparecen noticias de mujeres
que denunciaron varias veces antes de ser asesinadas. Y entonces surge una
pregunta incómoda, pero inevitable: ¿qué es lo que estamos haciendo mal como
sociedad?
La violencia contra la mujer no nace de un
momento de ira aislado. Tiene profundas raíces en una cultura que durante
siglos inculcó a muchos hombres que amar era poseer, controlar y dominar.
Todavía sobreviven expresiones machistas disfrazadas de costumbre: los celos
vistos como prueba de amor, el control sobre la ropa o las amistades, la idea de
que la mujer debe soportarlo todo “por la familia”. Muchas veces la violencia
comienza con palabras y termina en tragedia.
También influye la dependencia económica.
Muchas mujeres permanecen atrapadas en relaciones destructivas porque no tienen
independencia financiera o porque temen no poder sostener a sus hijos. A eso se
suma la indiferencia social, el miedo a denunciar y, en ocasiones, la lentitud
de sistemas judiciales que llegan demasiado tarde.
Las consecuencias son devastadoras. Una
mujer maltratada no solo carga heridas físicas; también pierde tranquilidad,
seguridad y confianza en sí misma. Muchas viven con ansiedad, depresión o
estrés permanente. Los hijos que crecen en ambientes violentos también quedan
marcados emocionalmente y, en muchos casos, repiten esos patrones en la
adultez. Por eso, la violencia contra la mujer no destruye únicamente a las
víctimas directas: termina deteriorando el tejido entero de la sociedad.
Combatir este problema exige mucho más que
discursos de ocasión después de cada tragedia. Se necesita educación,
prevención, justicia efectiva y una transformación cultural profunda. La
familia, la escuela, los medios de comunicación, las iglesias y el Estado
tienen una responsabilidad compartida: enseñar que el respeto no es negociable
y que ninguna forma de violencia puede justificarse.
La violencia contra la mujer no puede
seguir siendo vista como un asunto privado. Es un problema humano, moral y
social que nos involucra a todos. Una sociedad que obliga a sus mujeres a vivir
con miedo jamás podrá llamarse verdaderamente justa.
¿Habrá llegado la hora en la que debamos
hacer algo realmente nuevo, distinto y trascendente contra este vergonzoso
flagelo?
Referencias
Organización Mundial de la Salud (OMS).
(2024). Violencia contra la mujer.
OMS en español – Violencia contra la mujer
ONU Mujeres. (2024). Cada 10 minutos una
mujer es asesinada por su pareja o un familiar.
ONU Mujeres en español – Feminicidios globales
Comisión Económica para América Latina y
el Caribe (CEPAL). (2024). Violencia feminicida en cifras en América Latina y
el Caribe.
CEPAL – Violencia feminicida en América
Latina y el Caribe
Comisión Económica para América Latina y
el Caribe (CEPAL). (2025). La Agenda 2030 y la igualdad de género en República
Dominicana. CEPAL – Igualdad de género y República Dominicana

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