Por Roberto Valenzuela
El próximo 4 de julio de 2026, los Estados
Unidos alcanzarán un hito histórico: 250 años de su nacimiento como nación. La
fecha nos remite al 4 de julio de 1776, cuando las trece colonias —el 13,
considerado por muchos un número de superstición— proclamaron su independencia
del reino de Gran Bretaña. Aquel acto sentó las bases de un exitoso experimento
político que, con el paso del tiempo, se convertiría en un referente mundial: la
democracia representativa.
A diferencia de las monarquías
—encabezadas por reyes, reinas o emperador, emperadora— predominantes en su
época, el nuevo Estado se estructuró bajo la inspiración de Montesquieu y su
doctrina de la separación de poderes. Así, el poder Ejecutivo, encabezado por
un presidente electo; el Legislativo, representado en un Congreso sujeto a
renovación democrática; y el Judicial, garante último del cumplimiento de la
Constitución y las leyes, configuran un equilibrio institucional que ha
resistido el paso del tiempo. Y 250 años es, sin duda, mucho tiempo.
Es innegable que Estados Unidos ha
construido una historia de grandeza institucional. Ha sido inspiración para
pueblos como Haití, que fue la segunda nación americana en proclamar su independencia
y la primera república negra independiente. También inspiró a líderes
independentistas que lucharon por la libertad de sus pueblos, entre ellos Simón
Bolívar, José Martí, José de San Martín, Juan Pablo Duarte y Benito Juárez. Su
sistema democrático, con tensiones y desafíos, no ha sido interrumpido desde su
fundación, y su aparato de justicia mantiene una fortaleza que inspira a otras
naciones. Sin embargo, esa misma historia también arrastra un capítulo oscuro y
funesto: la violencia política dirigida contra sus propios líderes.
Es el país donde más presidentes han sido
asesinados. Cuatro mandatarios han muerto en el ejercicio del cargo: el
influyente Abraham Lincoln en 1865, James A. Garfield en 1881, William McKinley
en 1901 y el carismático John F. Kennedy en 1963. A estos hechos se suman
múltiples intentos de magnicidio a lo largo de su historia, lo que evidencia
que ni siquiera las democracias más sólidas están exentas de amenazas extremas.
El caso de Ronald Reagan —uno de los
presidentes más populares en la historia de esa nación—, herido en un atentado
en 1981, así como los recientes incidentes de seguridad en torno a Donald
Trump, reafirman una realidad inquietante: el poder político, en cualquier
contexto, sigue siendo un blanco de alto riesgo. Cabe recordar que el intento
de agresión contra Trump ocurrió en un entorno simbólicamente comparable al de
otros episodios históricos de violencia política en el país. Tanto Trump como
Reagan pertenecen al Partido Republicano y representan corrientes
conservadoras.
Este contraste —entre la estabilidad
institucional y la persistencia de la violencia política— define, en buena
medida, la complejidad de la experiencia estadounidense. A 250 años de su
fundación, Estados Unidos no solo celebra su permanencia democrática, sino que
también enfrenta el desafío de preservar la seguridad de sus líderes y la
calidad del debate público.
Porque, si algo enseña su historia, es que
la democracia no es un logro estático, sino una construcción permanente, donde
los avances conviven con amenazas que obligan a una vigilancia constante.
Comentarios
Publicar un comentario