Por Miguel Ángel Cid Cid
Con Nicolás Maduro Moro, presidente de Venezuela fue
diferente, lo dejaron vivo. A Muamar el Gadafi en Libia y a Sadam Husein en
Irak, la suerte los abandono. Los dos fueron fulminados. ¿Qué pasó ahí?
En el país, sin embargo, se repite la leyenda urbana
sobre la captura de Francisco Alberto Caamaño en febrero de 1973. Cuentan que
los captores informaron del hecho a Joaquín Balaguer, entonces presidente de la
República Dominicana. El mandatario quedó en silencio.
Entonces, luego de dar su informe los militares le
preguntaron, presidente, ¿qué hacemos con Caamaño? La respuesta, diez palabras
para expresar un mar de especulaciones:
— Ese hombre no cabe en
ninguna cárcel de este país, dijo Balaguer.
Los dominicanos conocen la historia del asesinato
del líder constitucionalista. Francisco Alberto fue presidente interino luego
de que Juan Bosch fuera derrocado por un golpe de Estado.
Un caso raro
La operación relámpago para secuestrar a Nicolás Maduro
no puede ser más extraña. Un despliegue de fuerzas aérea, naval y tecnológica
para apresar una pieza dentro de un proceso.
Aclarar de entrada que, Venezuela nunca había
sufrido un ataque estadounidense en 200 años de historia desde la
independencia.
El despliegue requirió 150 aviones, 8 helicópteros y
un contingente militar de élite. Pero en un primer momento se dijo que todos
salieron ilesos, que a los escoltas de Maduro no les dio tiempo ni a respirar.
Falso.
Luego, fue confirmado el asesinato de cerca de un
centenar de militares cubanos y venezolanos. Además, hubo varios soldados de
Estados Unidos heridos de gravedad.
Un helicóptero, incluso, fue alcanzado por la
artillería venezolana. Y la aeronave logró salir del espacio aéreo enemigo con
serias dificultades.
Tanto riesgo no tiene explicación a la vista. Sobre
todo, que el petróleo que —según Donald Trump— Venezuela le entregará obedece a
un acuerdo firmado meses antes de la intervención militar. No. La entrega no es
porque ¿doblegaron a los chavistas?
La operación de secuestro del 3 de enero recién
pasado solamente incluyó a Maduro. El tablero sigue intacto.
Donald Trump ya comenzó a pagar el precio de la
incursión. Hace unos días varios senadores republicanos se viraron. Estos
aprobaron una moción sobre Venezuela que pone límites al presidente gringo.
Las compañías petroleras designadas para administrar
el crudo venezolano se niegan a entrar, no creen en el plan de Trump.
ExxonMobil y Chevron no creen en su propio presidente. No creen en mitos.
En los tribunales, por otro lado, los propósitos
intervencionistas comienzan a hacer agua. El juez a cargo desestimó la
acusación concerniente al Cartel de los Soles y del Tren de Aragua. O sea,
ahora Maduro Moro no es acusado por narcotráfico.
Para colmo, es probable que en la audiencia de marzo
el tribunal reconozca a Maduro como presidente legal de Venezuela.
Reconocimiento que quedó implícito en la primera comparecencia.
Y del lado venezolano el gobierno chavista sigue
igual. La estructura bolivariana continúa despachando con normalidad, a la
espera de que Maduro regrese.
Este panorama sombrío se va despejando de a poquito.
Ya quedó claro que el principal objetivo develado es el control del petróleo
venezolano, que Trump dice, que es de Estados Unidos.
Otros dicen que las acciones estrepitosas se deben a
que Estados Unidos quiere mostrar al mundo que ellos siguen siendo los que
mandan. Quieren dejar claro que el imperio sigue fuerte, que no existe la
cacareada decadencia.
El gobierno norteamericano sigue negado a ver el
surgimiento de un mundo multipolar. La terquedad, el orgullo los mantiene ciegos
frente a la realidad.
Mientras todo eso acontece, Nicolás Maduro Moro
sonríe a las cámaras y a su paso recibe ovaciones de la gente. No parece un
preso derrotado. Todo lo contrario, su semblante refleja la imagen de un hombre
triunfante.
Hasta sus propios verdugos posan a su lado para
hacerse fotos con él. Quieren dejar constancia que son parte de la historia.
Las señales dejan la percepción del surgimiento de un líder en otra dimensión.
La historia está en construcción, testigo de ello será el siglo XXI.
Ya se dijo, ni Sadam Husein, presidente de Irak, ni
Muamar el Gadafi, presidente de Libia se salvaron. Los dos fueron fulminados.
El primero en 2003 y el segundo en 2011.
En suma, ¿por qué a Nicolás Maduro Moro lo dejaron
vivo? Es probable, sin embargo, que Maduro vivo —igual que Caamaño aquí— no
quepa en ninguna cárcel. ¿Volverá a
vencer Nicolás Maduro Moros?

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