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miércoles, 27 de marzo de 2019

El Presidente y su Reelección



POR ROLANDO ROBLES  

La figura de “Presidente” surgió con la República, bajo los efluvios de la Revolución Francesa, esa epopeya del mundo que dio al traste con el Feudalismo y el “Poder Divino del Rey”. En América, sin embargo, y bajo la influencia de la corriente de pensamiento conocida como “la Ilustración”, se registraron acontecimientos -décadas antes- que igual que el movimiento europeo, generaron grandes cambios sociales y políticos.

En 1776, con trece años de antelación a la Revolución Francesa, se declara la independencia de lo que sería más luego Estados Unidos de América o USA y se justifica, en la existencia y necesidad de tres motivos que, son el alma y lema de la república naciente: “Razón, Igualdad y Libertad”.

Unos setenta años más tarde, en la isla La Española, se asienta en el libro de la historia, el nacimiento de otra nación “soberana”. La primera república que se independiza, o más bien, se separa de otra república. Inspirada al igual que Estados Unidos, en una tríada de razones a saber, “Dios, Patria y Libertad”, hace su debut República Dominicana.

Es necesario este argumento previo porque, para hablar de lo que simboliza “El Presidente”, es obligatorio ir al origen de una y otra nación, para advertir las similitudes y diferencias que existen entre los que ostentan el cargo, a la luz de sus respectivas Cartas Magnas o Constituciones. Pero más que eso, hay que ver, de qué tanta autonomía disponen unos y otros, al momento de actuar a nombre de sus constituyentes y cuánto respetan sus promesas de campaña.

En términos prácticos, Donald Trump representa la nación más poderosa del mundo, con casi 350 millones de habitantes y más de 10 millones de km cuadrados, mientras que Danilo Medina preside otra con poco mas de 10 millones de personas, una “media isla” en el Caribe, tan impotente, que ni siquiera puede controlar con eficiencia mínima su frontera.

Sin embargo, Trump sólo alcanza a “nombrar” algunas decenas de miles de funcionarios; mientras que Medina, con un Gobierno 50 veces más pequeño, puede hacerlo con cientos de miles. Desde luego, esto sólo refleja el absolutismo del Estado dominicano, un concepto que creíamos desaparecía con la monarquía y la llegada de la república.

Esta realidad, nos conduce a la blasfemia de decir que “el presidente dominicano es tan solo, un poquitito menos que Dios” en importancia y poder. Pero desde luego, también nos explica cuán disímiles pueden ser los mandatarios dominicano y estadounidense; y cómo se comportan frente a sus electores y a sus promesas de campaña.

Trump, probablemente el presidente más conflictivo de la historia de USA, a quién yo personalmente califico de un “mal necesario”, ganó a “contra corriente”, es decir, enfrentando cuatro poderes fácticos al mismo tiempo: el partido Demócrata en pleno, un ala de su propio partido, la prensa tradicional y el establishment norteamericano.

Por su parte, Medina llegó al poder, apoyado en una maquinaria que solo se parece, en fortaleza, al otrora Partido Dominicano de Trujillo, respaldado por el Gobierno que sustituyó y enfrentando la oposición mas atomizada de la historia electoral dominicana.

El presidente nativo de Queens, está pasando las de Caín sólo por tratar de cumplir su promesa de construir el muro fronterizo. Pero, el presidente de San Juan, está más asediado que los judíos en Medio Oriente, y es por exactamente lo contrario; por no cumplir con su discurso de campaña y pretender modificar la Constitución con la que fue elegido, como paso previo para un desatino mayor.

En esta nación, a diario, un simple juez de nivel medio contradice e invalida una decisión del presidente; hecho éste que equivale a derogar, judicialmente, un decreto del Ejecutivo dominicano. Hagamos memoria juntos, a ver si podemos recordar alguna vez que un acontecimiento así haya ocurrido en dominicana.

Esta simpleza, retrata la realidad de lo que somos institucionalmente. En los casi 250 años de edad que tiene esta primera república del mundo, su Constitución ha sido enmendada o modificada veintisiete veces; Quisqueya, en cambio, setenta años más joven, lo ha hecho en más de treinta oportunidades; solamente, para permitir la reelección de alguien que cree, que ya no puede vivir fuera del poder. Como si él hubiera nacido en el Palacio Nacional.

Aquí cabe, se me ocurre, la analogía entre un renacuajo y un pez. Ambos nacieron en el agua, pero, el primero es evidentemente, un ser vivo de menor categoría para la humanidad, que el segundo; habida cuenta de que, por lo general, el sapo, no es un alimento de consumo, como si lo es el pescado.

Sin embargo, el “importante” pez se muere al salir de su hábitat original, mientras que el “infame” sapo hace una vida normal fuera del agua y desarrolla la habilidad de poder vivir en ambos medios.

Yo no entiendo cómo es que una persona que “se preparó para ser presidente”, no comprende a su vez, que la grandeza de este cargo es abandonarlo cuando las normas lo dicten. Devolverlo con el mismo entusiasmo e integridad con que lo recibiste, para que el votante, que es quien otorga el poder, se lo pase a otro que entiende es tan honorable como tú para ejercerlo.

Ronald Reagan, Bill Clinton y hasta Barack Obama -para solamente mencionar tres- probablemente pudieron ser elegidos para un tercer mandato, debido a la alta popularidad que disfrutaban al final de sus respectivas gestiones. Pero la Constitución lo prohíbe.

De verdad, yo no alcanzo a entender la negativa de Danilo Medina a emular a estos tres presidentes y a otros dominicanos como él, que se han decidido por el camino de la decencia institucional.

Pero lo que es peor aún:

¿Por qué Danilo Medina prefiere quedarse por debajo del renacuajo, en la escala de valoración del pueblo dominicano?

¡Vivimos, seguiremos disparando!






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