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viernes, 8 de junio de 2018

Doble Standard o Doble Moral



POR ROLANDO ROBLES  

No sé desde cuándo se han acuñado estos términos, pero entiendo que la gente sabe perfectamente sus similitudes y significados. Aun y cuando hay personas que los usan de forma indistinta, existen notables diferencias en cuanto a su alcance e implicaciones. Especialmente en el ámbito político y social.

El asunto viene a cuento porque cada 30 de mayo se repite -casi como un rito de iglesia- la recordación de la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, ese diablillo que todavía permanece en la conciencia nacional, alojado como huésped perenne en nuestras mentes.

Porque en cada dominicano habita un “trujillito”, tanto en sus ejecutores (que fueron unos pocos) como en sus dolientes (que no son pocos) y entre los que solo conseguimos sobrevivir a la Era (que somos muchos más que los dos juntos). Y en medio del fetichismo que conlleva su recordatorio, intentamos pasar revista y comparar los tiempos; establecer ¿qué hemos ganado y cuánto hemos perdido con la desaparición del tirano?

Lo interesante de este 57 aniversario de la partida física de Trujillo, es que nos llega en un momento de repunte inducido del conservadurismo autoritario que nos dejó. Hoy, una cantidad de dominicanos indeterminada aún, se hace presente en el escenario político- principalmente en Estados Unidos- promoviendo la candidatura imposible por ahora, del nieto del generalísimo.

Y no es porque quieran volver a la barbarie del trujillismo pleno y activo sino, porque no ven salida posible a los males que acosan a la sociedad actual. Algo que entienden perfectamente, hasta los más recalcitrantes de pensamiento, que suelen actuar -en ciertas ocasiones y paradójicamente- como los más radicales de acción.

Pienso que debo haber leído unas cuarenta veces, las viejas y reeditadas notas de los periódicos, sobre la persecución de los matadores del hijo de San Cristóbal. Y siempre se destaca, aunque sin pretenderlo, que los que bajaron a la avenida aquella noche de mayo al encuentro con la gloria, fueron verdaderos “ajusticiadores”; mientras que los que cobraron la deuda histórica generada por el hecho, eran solo vulgares “asesinos”.

Yo, que para entonces tenía trece años, pensé que esos asesinos que mataron al Jefe, “estaban bien matados”. Pero la fuerza de los hechos y sus consecuencias, acompañadas de los razonamientos confidenciales de mi padre Ramón Robles, me fueron haciendo cambiar de parecer. Nunca olvidaré aquella sentencia del Viejo, mientras hacíamos el mabí que, junto a los helados de batata, eran la fuente primera de subsistencia familiar.

Supongo que sería el lunes siguiente al magnicidio, cuando mi papá me dijo, junto a la barrica de envejecimiento del mabí, una frase que desde entonces me ha estado dando vueltas en la cabeza: “Machón, mataron al Jefe, como usted ya sabe; lo que no sabremos nunca es si habrá sido para bien o para mal”.

Con esta sencilla frase, a manera de premonición, dejó mi Viejo encendida en mí, la llama permanente de la duda. Hoy, sesenta años después de los hechos, sigo mirando con suspicacia el derrotero que tomó la República. Y me pregunto una y otra vez: ¿hasta qué punto tendría Ramón Robles razón? ¿De qué nos ha servido haber decapitado el régimen trujillista?

Pero volvamos a los días siguientes al acontecimiento del siglo, a ese 30 de mayo que nos marcará por siempre. El primer incidente de carácter público, fue la muerte del teniente Amado García Guerrero, el día 2 de junio. Siendo el único conjurado que no pertenecía a la élite gobernante y quizás el mas joven, era de esperarse que se convirtiera en el héroe de la muchachada del momento. Y así fue.

Personalmente, yo solo reparé en él, cuando escuché la historia sobre la forma tan dramática en que lo envolvieron en la maquinaria de terror del trujillato y cómo eso lo empujó a formar parte de la conjura. Su tía, doña América, dueña de la casa donde fue ultimado Amadito, afirma que cuando los agentes del SIM llamaron a la puerta: “él abrió y de inmediato les entró a tiro limpio”, matando a dos de ellos. Este testimonio invalida totalmente la versión de que fue asesinado.

Dos días más tarde, también cayeron Juan Tomas Díaz y Antonio De La Maza, los dos principales protagonistas de la conjura. El hecho se registró en la avenida Bolívar con calle Julio Verne de Ciudad Trujillo. Los reportes cuentan que, sabiéndose descubiertos, los conspiradores pidieron al conductor del carro público en que viajaban, que se detuviera y a seguidas, enfrentaron a los seis miembros del SIM.

En este caso se puede inferir que, hasta en las peores circunstancias para sus vidas, los dos cabecillas de la trama actuaron con responsabilidad y no pusieron en peligro la vida del infeliz chofer que los transportaba, ajeno quizás, a la identidad de sus pasajeros. Al igual que el teniente García, De La Maza y Díaz, también decidieron “morir con las botas puestas”; como mueren los héroes, como debe ser.

Lo que es inaceptable, es que, hasta el periódico vocero del partido de gobierno, catalogue estos dos acontecimientos como “asesinatos”, cuando en realidad, los tres valerosos conjurados “cayeron en combate”, en el combate que ellos eligieron. A contrapelo, todos los otros confabulados fueron apresados con vida, aunque posteriormente, fueron asesinados por el hijo del sátrapa, Ramfis, en un festín de cobardía y perversidad, que nunca podrá ser justificado ante la historia.

Quise airear este tema, porque el trujillismo, como “esperanza última” para los dominicanos menos activos en política, está escalando peldaños entre la comunidad del Exterior. Todavía no constituyen un peligro para la clase política, pero es solo cuestión de tiempo, para que alcancen el 5% de los votos. Para cuando eso suceda, ya estaremos en “tierra de nadie”.

Si realmente los dominicanos creen que el nieto de Trujillo pudiera ser una fuente de poder y pretenden llevarlo hasta la presidencia del país, nosotros no debemos simplemente, apoyarlo o combatirlo. La única labor seria y dominicanista, es propiciar la discusión franca y objetiva de los hechos que hoy tienen categoría histórica, y no festinar el conocimiento racional de tales acontecimientos, sumándonos a los bandos que, irracionalmente los distorsionan.

Los anti trujillistas, una vez consumado el magnicidio y expulsado del país el doctor Balaguer, procedieron a repartirse el patrimonio perteneciente al pueblo dominicano. Archivaron la ley 5785 que promulgó Balaguer (enero 3, 1962) y que reclamaba para el Estado todos los bienes de la familia y de los socios de Trujillo; mientras el oligarca Rafael Bonnelly, sustituto de Balaguer en el Consejo de Estado, dictaba la ley 5880 (mayo 4,1962), que penaba, hasta pronunciar el nombre de Trujillo. La intención estaba clara: robarse todo lo que dejaron los Trujillo; y bien que lo lograron.

Con un escenario de confusión histórica generado por la oligarquía cívica, para esquilmar el Estado, por una parte; y por la otra, el neo trujillismo que se aprovecha del desorden social, la inseguridad ciudadana y la invasión haitiana existentes, se impone que las fuerzas democráticas promovamos un debate serio, sobre los roles que han jugado estos sectores.

Reza el viejo dicho que: “los pueblos siempre tienen los gobiernos que se merecen”, especialmente si contamos con una plutocracia tan grosera, como la que nos gastamos. Si no es así, pregúntese usted: cómo fue que la naciente oligarquía nacional, que se dividió en dos bandos contrarios en las elecciones de diciembre 20 de 1962que ganóJuan Bosch; apenas siete meses después, se unifica(los trujillistas y los cívicos), para producir el golpe de Estado.¿Hay o no hay doble moral?

Trujillo murió en la avenida aquel 30 de mayo, pero el neo trujillismo tomó vigencia en la mente de sus herederos políticos y de sus enemigos, que no quieren perder el botín de guerra.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

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