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sábado, 26 de agosto de 2017

Locos, mendigos, drogadictos e indigentes, los excluidos del desarrollo


Por Miguel Ángel Cid Cid

La indigencia y las enfermedades mentales vistas como estigma, no es un mal exclusivo de República Dominicana. Lo que si puede ser típico de este país, es la manera indiferente con que ciudadanos y autoridades tratan a quienes se encuentran en esta condición de debilidad humana. Todo indica que muy pocos alcanzan a ver que un indigente, mendigo, drogadicto o enfermo mental es en esencia, un ser especial. En tal sentido, el tratamiento para integrar este sector social al proceso productivo del desarrollo, debe ser tan creativo que raye en la locura.

En efecto, aquí ser indigente es sinónimo de locura y modernamente se vincula la acepción a la adicción, con mucho énfasis en el consumo de crack. Los propios mendigos que pululan en las calles de Santiago afirman que “cuando uno pasa a ser “pipero” es porque ya está loco”. Es lo mismo “pipero” que adicto a la piedra, nombre que también se le da al crack.

Hace más de 500 años, Erasmo de Rótterdam concibió la locura como un elogio que le permitió hacer discursos solemnes donde la estupidez aplaude la demencia y la ceguera. Antes de Rótterdam, Luciano de Samósata, publicó “Virtuosa locura”, una loa sarcástica que define la demencia como algo virtuoso. Ambos textos constituyen una sátira de las supersticiones y las prácticas piadosas y corruptas de la Iglesia Católica. Así también, ridiculiza la locura de los pedantes entre los que Erasmo se auto incluye.

Siglos después, en República Dominicana, el Dr. Antonio Zaglul Elmúdesi, escribió en 1952 “Mis 500 locos”, considerado por las autoridades de entonces, “un libro sospechoso”. En la obra, el siquiatra resume su experiencia de convivencia con los “locos” residentes en el sanatorio de Haina, del que fue director. En ella, relata las más crudas y humanas experiencias vividas por sus pacientes.

Parece que los 500 locos del Dr. Zaglul, siguen deambulando por las calles dominicanas multiplicados en la misma proporción del crecimiento poblacional y la delincuencia. En ese orden, no existe un solo proceso de planificación municipal o nacional que contemple un abordaje de este sector con la singularidad que amerita.

En tal virtud, yo me pregunto:

¿Será que no hay una manera de integrar los “locos, mendigos, drogadictos e indigentes”, al procero productivo del municipio y el país?

La “Ley No. 12-06, sobre salud mental”, consigna en los 12 literales del artículo 10, los derechos de las personas que padecen una enfermedad mental. La citada Ley es categórica al decir que, el acceso a la atención en materia de salud mental debe ser la mejor. Incluso, tiene que ser adecuada a los “antecedentes culturales en todos los establecimientos hospitalarios públicos y privados del país”. Debe abarcar “cualquiera de los distintos niveles de atención primaria, secundaria o terciaria”.

Esto quiere decir, que quienes padecen enfermedades mentales deben ser tratados con privilegios y enfocados en las perspectivas de que los pacientes regresen a su entorno natural. ¿Cuál es su entorno natural? Creo no equivocarme si afirmo que ese entorno natural no es más que la comunidad donde viven los familiares cercanos al paciente.

De modo, que según la ley los enfermos mentales hay que guiarlos para el regreso a sus comunidades. Siendo así, hay que colegir que ese regreso los convierte en actores del desarrollo local. Se impone entonces, poner en marcha una política de atención y asistencia social para el estudio y tratamiento de la discapacidad mental, que funcione al margen del clientelismo político-electorero. También, hay que crear programas psicoeducativos para los familiares y relacionados, en los tres niveles de atención de manera permanente.

Si de “de cualquier yagua vieja, sale un tremendo alacrán”, es lógico que de cualquier “loco viejo” salga una loca idea de la ciudad que aspiramos. En suma, es imposible construir el desarrollo sobre la base de la exclusión de un sector social. Hay que estar loco de remate para argumentar la ausencia de capacidad solo porque quienes componen el sector son “locos, mendigos, drogadictos e indigentes”.




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